Las recientes lluvias que han azotado a diversas localidades chaqueñas han vuelto a poner en la superficie una realidad que, cíclicamente, pretendemos olvidar: el agua no nos invade, simplemente reclama los espacios que siempre le pertenecieron. Mientras la narrativa oficial suele refugiarse en la magnitud de las precipitaciones para calificar estos eventos como “desastres naturales”, la ciencia y la historia regional cuentan una historia muy distinta. Los desastres no son naturales; son construcciones sociales producto de decisiones políticas, económicas y de una alarmante falta de planificación urbana.

La construcción social del riesgo

El riesgo no es una fatalidad climática, sino el resultado de combinar una peligrosidad natural con una vulnerabilidad social que nosotros mismos creamos. En nuestra región, la peligrosidad está dada por una topografía plana, suelos de baja permeabilidad y la presencia de paleocauces (antiguos cauces de ríos) que, ante lluvias intensas, vuelven a activarse.

El desastre ocurre cuando la expansión urbana ignora estas características físicas. Como señalan investigaciones recientes, la presión del crecimiento de las ciudades -a menudo impulsada por la especulación inmobiliaria en épocas de sequía-, lleva a ocupar áreas bajas y anegadizas. Construir en terrenos que naturalmente funcionan como reservorios o vías de escurrimiento es, lisa y llanamente, diseñar una inundación futura.

Decisiones equivocadas y falta de planificación

Las inundaciones y los anegamientos no son lo mismo, aunque en el Chaco suelen presentarse de forma mixta, potenciando el daño socioeconómico. Mientras que la inundación es el desborde de un cauce, el anegamiento es la acumulación de lluvia en un terreno que ha perdido su capacidad de absorber o drenar.

Aquí es donde la mano del ser humano se hace evidente. Entre los factores que agravan la situación se encuentran:

Diseño vial deficiente: Caminos y rutas que actúan como diques, impidiendo el escurrimiento natural de las aguas.

Urbanización sin criterios hidrológicos: La creciente impermeabilización de los suelos (pavimento, techos) sin sistemas de evacuación proporcionales.

Ocupación de áreas de restricción: La instalación de barrios, viviendas e incluso infraestructura pública (como plantas de tratamiento de residuos) en márgenes de ríos o lagunas.

Deforestación y monocultura: Los árboles actúan frenando el escurrimiento superficial amortiguando el impacto de la lluvia directamente sobre el suelo; el monocultivo contribuye a la pérdida de la capacidad de infiltración que tienen los suelos.

En varias ciudades chaqueñas, estudios cartográficos han identificado que los sectores periféricos son los más comprometidos, precisamente por ser zonas bajas de mayor riesgo que han sido pobladas sin considerar estas restricciones naturales.

El rol de la gestión pública

La planificación estratégica debe incluir la calidad ambiental como un componente ineludible de la calidad de vida; no se puede seguir improvisando ante cada tormenta. Existen herramientas, como los Sistemas de Información Geográfica (SIG) y los Modelos Digitales de Elevación, que permiten conocer con precisión qué zonas son aptas para la expansión humana y cuáles deben ser protegidas para el drenaje.

El conocimiento del medio físico es básico para configurar tramas urbanas seguras; si quienes toman decisiones continúan ignorando estos insumos técnicos y científicos por intereses de corto plazo, seguirán “creando” riesgos que luego, hipócritamente, llamarán desastres naturales.

Es hora de dejar de mirar al cielo buscando culpables y empezar a mirar los mapas de gestión territorial. Las inundaciones son inevitables por nuestra geografía, pero el desastre es, y siempre será, una elección política.

Ing. Agr. Gerardo Roberto Martínez
Magister en Desarrollo Social – Doctor en Geografía
General José de San Martín (Chaco), 23/04/2026