Por Gabriel Hoyos Izurieta

 

En los ripios de Internet, encontré una frase simple, pero no menos profunda, que me llamó mucho la atención: «No se puede vivir bien si se habla mal». Es de Germán García, psicoanalista argentino. Pienso en el desconcierto que hoy nos provoca el mundo y sobre qué decimos nosotros mientras miramos la debacle por nuestras pantallas. Me detengo en una declaración lúcida que Lucrecia Martel hizo en su libro «Un destino común» (Caja Negra, 2025). Expresa, en otras palabras, que el problema del mundo no es la economía, como se cree, sino que el verdadero problema es la cultura. En esta línea, la falla estaría en la misma matriz que nos constituye que es el lenguaje. Somos lenguaje, es cierto, porque somos emoción y el lenguaje también lo es, tiene ese poder. Hay una crisis, entonces, en el relato, por nuestra incapacidad de narrar nuestra época, y la de sentarnos a conversar para señalar hacia dónde queremos ir.

Michel de Montaigne en Ensayos, decía que no hay peor conversación que la del hombre que solo se escucha a sí mismo. Los relatos que nos circundan parecen cierta forma de soliloquios, en el que cada uno expresa de forma violenta lo que quiere y elimina toda posibilidad de entablar un diálogo con el otro. En dónde quedó esa potencia humana, representada en el relato bíblico sobre Babel, en que el lenguaje del entendimiento nos permitiría llegar un poco más alto. Sin embargo, por su análisis, sabemos de los peligros del lenguaje cuando deja de ser escucha y se convierte en un instrumento de poder. Adrían Dárgelos en Mentira Nórdica, escribía para Babasónicos: «Que vacío es abrazar a alguien que solo se ama a sí mismo».

Vuelvo a Martel, porque en una entrevista reciente dijo que las películas no son nada si no hay una conversación después con personas que sabemos que no estamos de acuerdo. Agrego una cita textual de ese material: «La única chance que tenemos como país es que podamos contarnos entre nosotros. Volver a conversar, devolverles al lenguaje y al espacio la capacidad de encuentro, de conversación». Martel nos está hablando de la posibilidad de construir una narrativa social que sea capaz de restarle poder a todo clivaje político que nos anula como sujetos. Entiendo y comparto, cuando ella además dice que dejemos de invalidar al otro porque es de derecha o de izquierda mientras el mundo nos pasa por encima.

Insisto en la frase del comienzo, «No se puede vivir bien si se habla mal». Aún cuando Lacan sostenía que el malentendido es la condición misma del lenguaje, y que la comunicación es, por estructura, fallida, pienso que conversar con un otro distinto a mí es el primer desafío para abrazar la falla, para superar esta crisis.

Casi siempre detengo mi mirada en todo lo que sea fallido, en lo raro, en lo insuficiente, en lo trunco. Creo que hay más belleza en las cosas que nacieron para no ser perfectas porque son perfectas a su manera. Como aquel verso de Leonard Cohen, en Anthem, «Hay una grieta en todas las cosas; por ahí entra la luz.»

 










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