El sol de mediodía pegaba con saña sobre el asfalto de la Avenida de Mayo, pero el calor del clima era apenas un reflejo de la temperatura política que se vivía en las calles. Desde las diez de la mañana, el centro porteño dejó de ser el hormiguero habitual de oficinistas para convertirse en un escenario de banderas, bombos y consignas de hierro. El Frente de Sindicatos Unidos (FreSU), encabezado por el tridente de la UOM, ATE y Aceiteros, marchó hoy al Congreso con un solo objetivo: frenar la reforma laboral que el Senado se disponía a convertir en ley.

La postal era imponente. Una columna compacta, encabezada por una bandera de arrastre que exigía “Aumento de salario ya, no a la Reforma Laboral”, avanzaba lentamente desde el cruce con Salta. En la primera línea, los rostros de Abel Furlán (UOM), Rodolfo Aguiar (ATE) y Daniel Yofra (Aceiteros) resumían la tensión de un sector que se siente acorralado por el proyecto oficialista.

“Esta reforma no es modernización, es el regreso a los tiempos de la dictadura, pero esta vez con guante blanco y votos comprados en el Senado”, disparó Aguiar ante los micrófonos, mientras el estruendo de los petardos marcaba el ritmo de la marcha. El dirigente estatal no ahorró críticas ni para el Gobierno ni para la “pasividad” de la conducción de la CGT, que optó por una estrategia judicial en lugar de volcarse a las calles este viernes.

Tensión y gases bajo el protocolo

A medida que la columna se acercaba a la Plaza de los Dos Congresos, el aire se volvió más denso. El operativo de seguridad, comandado por el Ministerio de Seguridad, intentó aplicar el protocolo antipiquetes para evitar que los manifestantes ocuparan la totalidad de la calzada. Sin embargo, la marea humana de metalúrgicos y aceiteros desbordó cualquier cordón policial.

Cerca de las 13:00, la “falsa calma” se rompió. Hubo forcejeos en las inmediaciones de la Avenida Corrientes, donde la Infantería utilizó gases lacrimógenos y balas de goma para dispersar a los grupos que intentaban cortar el acceso total. El saldo, según reportes gremiales, fue de varios heridos y detenciones aisladas que solo sirvieron para enardecer más los ánimos de quienes, subidos a las vallas, gritaban contra el ajuste.

El silencio del Senado y el ruido de la calle

Dentro del Palacio legislativo, el debate transcurría entre tecnicismos y negociaciones de último minuto. Fuera, la realidad era más cruda. Un repartidor de una plataforma de delivery, parado a un costado de la marcha, sintetizaba el sentimiento de muchos: “Milei, tomátelas, el pueblo tiene hambre”. Su voz, aunque individual, se fundía en el reclamo colectivo por la pérdida de la estabilidad laboral y la flexibilización de las indemnizaciones.

Para los Aceiteros, el conflicto no es nuevo, pero la unidad con la UOM y ATE marca un hito en la resistencia sindical de 2026. “No le vamos a regalar la calle al Gobierno”, sentenció Abel Furlán, advirtiendo que, independientemente de lo que voten los senadores, la conflictividad social no hará más que escalar.

Al caer la tarde, con la sesión en el Senado aún en curso, las columnas comenzaron a desconcentrarse lentamente. Sin embargo, el mensaje quedó flotando en el aire viciado por el gas pimienta: para el sindicalismo combativo, este viernes no es el final de una batalla, sino el inicio de una nueva etapa de confrontación en una Argentina que parece no encontrar paz en sus leyes laborales.










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