La discusión del Presupuesto 2026 en Diputados y el debate sobre Reforma Laboral en el Senado parecían una victoria segura. Sin embargo, se convirtieron en una derrota plagada de errores y con un costo altísimo para el oficialismo, que incluso se enemistó con muchos de sus aliados.
La gestión de Javier Milei parece no conocer grises en casi ningún aspecto. Dueño de una narrativa inflamada, el libertario ha construido su meteórica carrera política a fuerza de desterrar los matices y la concordia de su discurso. El gobierno que lidera se le parece en este aspecto, para bien y para mal. Asumió con poco poder territorial y escasa representación legislativa, pero logró instalar y ganar debates inesperados.
La onda expansiva fue tan grande que obligó a posponer el debate en el Senado del proyecto de Reforma Laboral. El nivel de desconcierto es tan evidente que, al mismo tiempo que Diego Santilli aseguraba que buscarán reincorporar las derogaciones de la Ley de Emergencia en Discapacidad y el Financiamiento Universitario cuando se discuta el Presupuesto en el pleno del Senado, Patricia Bullrich sostenía que hay que aprobar el texto tal como llegó de Diputados. Mientras tanto, la Casa Rosada filtraba la posibilidad de vetar su propio Presupuesto y, horas después, difundía un plan para absorber el impacto fiscal de esas leyes evitando otras erogaciones. El caos de versiones solo refleja el tamaño de la decepción.
De nuevo, sin grises se pasó de una autopercepción de hegemonía a la impotencia que genera que te tracen un límite. Lo que sucederá a partir del 26, día en el que se debatirá el Presupuesto en el Senado, está por verse y no expresa necesariamente un cambio en la tendencia política. Nos gustaría en esta columna asegurar que el límite legislativo al Gobierno estuvo puesto por la Democracia. Que las fuerzas representativas y republicanas le marcaron a Javier Milei que hay derechos que no son posibles de vulnerar, aun en épocas tan oscuras como esta.
Incluso, a la oposición y al sindicalismo seguramente les gustaría adjudicarse la derrota oficial por la movilización a Plaza de Mayo del jueves, en contra de la Reforma Laboral. Pero la realidad parece más aciaga. La derrota en Diputados, que obligó a posponer el debate por la reforma, parece más marcada por los errores de cálculo que mencionábamos que por una repentina toma de conciencia mayoritaria de la sociedad y sus dirigentes.
De hecho, la marcha convocada por las centrales obreras fue importante, pero no aplastante en su masividad. Los discursos de los triunviros de la CGT fueron efervescentes, pero no se metieron ni con las imposiciones del Fondo Monetario Internacional ni con los problemas más profundos que tiene un sistema que deriva en este presente de peligro máximo para los trabajadores. La destrucción del poder adquisitivo, el crecimiento de la informalidad, la pérdida de empleo de calidad no comenzó con Javier Milei, y ha tenido a la principal central obrera como testigo inerme de esa situación.
Recuperar nivel de representación después de haber permitido eso no parece tarea sencilla, ni siquiera frente a un gobierno que ha emprendido un proceso que beneficia a unos pocos y que solo se recupera de sus errores con ayuda del poder que lo patrocina. Con lo que sucedió en el Congreso, parece evidente que ha terminado el lapso en el que el elenco de gobierno podía descansar en que su proyecto económico lo conducía Donald Trump y el rumbo político, sus aliados de “la casta”. Pero está menos a la vista qué dirigentes, incluso qué sujeto social, será el que logre representar una oposición conducente y efectiva a la aventura libertaria.

