El silencio en los patios escolares de Tucumán se prolongará más de lo previsto. Mientras gran parte de la provincia intenta recuperar la normalidad tras un temporal histórico que obligó a suspender las actividades durante toda la semana, la realidad para más de 200 establecimientos educativos es desoladora: el lunes, cuando el resto del país retome el ritmo habitual, sus puertas seguirán cerradas.

Lo que comenzó como una medida de prevención ante el Alerta Roja y el desborde de ríos como el Marapa y el San Francisco, se ha transformado en una crisis de infraestructura sin precedentes. Según el último relevamiento del Ministerio de Educación, estas instituciones —ubicadas mayoritariamente en el sur provincial y en zonas rurales críticas— no están en condiciones de recibir a alumnos ni docentes.

El panorama en escuelas de localidades como Donato Álvarez, Villa Belgrano y Graneros es el mismo: aulas cubiertas de lodo, pozos ciegos colapsados, techos filtrados y accesos viales que aún permanecen intransitables. En muchos casos, el problema no es solo edilicio; las escuelas se convirtieron en el último refugio de familias que lo perdieron todo, funcionando hoy como centros de evacuados donde el olor a humedad y la incertidumbre reemplazan al sonido de la campana.

“No es solo limpiar el barro”, explicaba una docente de la zona de La Posta. “Muchos chicos han perdido sus guardapolvos, sus útiles y, lo más grave, el camino para llegar a la escuela ya no existe, se lo llevó el río”.

La resolución oficial subraya que la seguridad es la prioridad. El Ministerio, encabezado por Susana Montaldo, ha ratificado que no se forzará el regreso en aquellos lugares donde el riesgo eléctrico sea persistente o donde el suministro de agua potable no esté garantizado tras el colapso de los tanques y sistemas de bombeo.

Además, la situación del transporte interurbano complica el cuadro. Con rutas todavía cortadas o con calzadas deterioradas, el traslado de los maestros rurales —muchos de los cuales quedaron aislados durante el pico de la tormenta— representa un peligro que las autoridades no están dispuestas a correr.

Para los padres de los más de 200 establecimientos afectados, el fin de semana será de vigilia y limpieza. En algunas comunidades, son los mismos vecinos quienes, balde en mano, intentan sacar el agua de los salones en un esfuerzo desesperado por no perder más días de clases.

Sin embargo, la magnitud del daño sugiere que la recuperación será lenta. Tucumán enfrenta ahora el desafío de la reconstrucción post-evacuación, con el desafío de garantizar que el derecho a la educación no quede sepultado bajo el sedimento de una inundación que, una vez más, golpeó con más fuerza a los más vulnerables.

El lunes, mientras el sol asome en la capital, en el interior profundo de la provincia el calendario escolar seguirá en pausa, esperando que el suelo finalmente seque y el Estado llegue con las soluciones que el agua se llevó.










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