La emblemática cadena, que llegó a tener más de 200 sucursales y 4.500 empleados, será liquidada para intentar cubrir las deudas con sus acreedores. Sólo tenía tres locales abiertos.

 

Por [Hernán Díaz]

El silencio en los pasillos de las últimas tres sucursales que aún resistían en pie no era el de un día de poca venta; era el preludio de un funeral empresarial. Este miércoles 4 de marzo, la Justicia puso el sello final a una agonía que se extendió por años: el Juzgado Comercial N°7, a cargo del juez Fernando D’Alessandro, decretó la quiebra de Garbarino, la cadena que alguna vez fue sinónimo de consumo y modernidad en los hogares argentinos.

La noticia no sorprendió a los analistas, pero golpeó con la fuerza de la realidad a los pocos que aún esperaban un milagro. Aquella empresa que supo lucir más de 200 locales y dar empleo a 4.500 personas en todo el país, quedó reducida a una estructura vacía, ahogada por deudas y sin el auxilio de inversores.

El desenlace se precipitó tras el estrepitoso fracaso del “cramdown” o proceso de salvataje. Era la última carta sobre la mesa. La ley permitía que un tercero apareciera con una oferta sólida para rescatar la compañía y evitar la liquidación. Sin embargo, el nombre de la firma financiera Vlinder, que se había anotado en el registro, se diluyó en el tiempo. El plazo venció y la propuesta nunca llegó.

Sin compradores y sin acuerdo con los acreedores —que esperan desde 2021 cobrar sus acreencias—, al magistrado no le quedó más opción que aplicar los artículos 48 y 77 de la Ley de Concursos y Quiebras. El resultado: el desapoderamiento inmediato de los bienes de la empresa.

A partir de ahora, la sindicatura toma las riendas para intentar rescatar lo que queda del naufragio. Ya no se trata de vender heladeras o televisores, sino de liquidar activos para pagar deudas. La lista de lo que entra a remate es extensa y variada: desde los locales e inmuebles restantes hasta el patrimonio intangible, como las marcas Garbarino y Compumundo, que a pesar de la crisis conservan un valor simbólico en el mercado.

Incluso las plantas industriales en Tierra del Fuego (Tecnosur y Digital Fueguina), que alguna vez fueron el motor de ensamblado nacional, hoy son estructuras paralizadas que esperan un nuevo dueño. La quiebra también arrastró a otras unidades de negocios como Garbarino Viajes y la financiera Fiden.

La caída de Garbarino es la crónica de una crisis que comenzó a gestarse mucho antes de la sentencia. En junio de 2020, en plena pandemia, el empresario Carlos Rosales adquirió el paquete mayoritario con la promesa de una reestructuración que nunca terminó de cuajar. Luego vinieron los meses de salarios impagos, los 1.800 telegramas de despido y los locales cerrando uno tras otro.

Hoy, las persianas que quedan bajas ya no volverán a subirse. El cartel naranja, que durante décadas iluminó las avenidas de la Argentina, se apaga definitivamente, dejando tras de sí un tendal de deudas y el recuerdo de una época de consumo que ya no volverá. La justicia ha hablado: Garbarino ya no existe más como empresa; ahora es solo un inventario de bienes esperando ser subastados al mejor postor.










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