Milei, Trump y el riesgo de un país sin soberanía. En un mundo donde el imperialismo vuelve a hablar sin eufemismos, Tierra del Fuego puede convertirse en objetivo si no hay un Estado dispuesto a defenderla.

 

Hay momentos en los que la geografía deja de ser un dato y se convierte en un problema político. La Argentina está entrando en uno de esos momentos. Y Tierra del Fuego, lejos de ser un rincón periférico, aparece en el centro de una disputa global que combina poder militar, recursos estratégicos y un nuevo imperialismo sin disfraces. Quienes habitamos esta tierra, quienes luchamos por una Provincia Grande, nunca nos consideramos periferia, sino todo lo contrario.

Donald Trump no es solo un dirigente autoritario y un exabrupto de la política estadounidense. Es la expresión más cruda de una potencia que entra en declive y decide responder no con cooperación, sino con fuerza. Sus declaraciones sobre Groenlandia, planteando directamente la anexión por razones de “seguridad nacional” no fueron un error ni una provocación aislada. Fueron una definición política.

Desde esa lógica y desde mi condición de fueguino, la pregunta deja de ser incómoda y pasa a ser urgente: ¿qué tan lejos está Tierra del Fuego de ser considerada un territorio de interés estratégico para los Estados Unidos de Trump? La respuesta me obliga, nos obliga a mirar el mapa sin ingenuidad.

Posición estratégica

La provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur ocupa una posición única en el planeta. Somos la provincia bicontinental en un país bicontinental. Estamos en el extremo sur del continente americano. Controlamos —o deberíamos controlar— la puerta natural de acceso a la Antártida y uno de los puntos más sensibles del sistema de circulación global.

Existen solo dos pasos bioceánicos naturales en el mundo: el Estrecho de Magallanes y el Pasaje de Drake. Ambos están directamente vinculados al sur argentino. Esto no es una curiosidad geográfica: es un dato central del poder global.

Otro dato no menor es que los grandes portaaviones de Estados Unidos no pueden cruzar por el Canal de Panamá. Tampoco pueden utilizar el Ártico de forma permanente. Su único paso real entre el Pacífico y el Atlántico y viceversa es por el extremo sur del continente. Por Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur.

A esto se suma la proyección directa al continente antártico. En un mundo donde se disputan recursos críticos, posiciones científicas, control logístico y presencia militar futura, la Antártida dejó de ser solo un espacio de cooperación internacional. Es una disputa diferida. Y Tierra del Fuego es su puerta de entrada.

El Atlántico Sur completa el cuadro estratégico. Hidrocarburos offshore, biodiversidad marina, recursos pesqueros de enorme valor. Parte de esas riquezas hoy son explotadas ilegalmente por el Reino Unido desde las Islas Malvinas, bajo una ocupación colonial sostenida por la fuerza militar y el silencio de las grandes potencias.

La riqueza ictícola de la zona no es casual. La confluencia de corrientes del Atlántico y del Pacífico, sumada a la influencia subantártica, genera uno de los ecosistemas más productivos del planeta. No es un tema ambiental: es económico, alimentario y estratégico.

Para los fueguinos esto no es una abstracción ambiental ni una hipótesis geopolítica: es parte de nuestra provincia. Es soberanía ejercida todos los días.

Subordinación

En tal contexto, la pregunta ya no es solo qué puede querer Trump. La pregunta es qué encuentra cuando mira a la Argentina.

Y ahí aparece un factor agravante: un gobierno nacional encabezado por Javier Milei, ideológicamente alineado con Trump, con una visión del mundo subordinada a los intereses de Estados Unidos y con una concepción de soberanía directamente ausente.

Milei no cree en la soberanía como principio político. La desprecia. La reduce a un obstáculo para el mercado o a una consigna “setentista”. Su alineamiento automático con Washington no es diplomacia: es sometimiento. Y en un mundo donde las potencias vuelven a hablar de anexiones, zonas de influencia y seguridad nacional, esa actitud no es neutral. Es peligrosa.

Un país que no defiende su territorio, que relativiza sus intereses estratégicos y que entrega sin debate su política exterior se vuelve un territorio disponible. No hace falta una invasión. Alcanza con acuerdos desiguales, presencia militar “cooperativa”, sesión de control logístico o renuncia a decisiones soberanas.

La historia es clara: cuando los imperios entran en declive, no se vuelven más prudentes. Se vuelven más agresivos. Buscan asegurar posiciones clave antes de perder margen. Trump encarna esa lógica. Unilateral, autoritaria y despreciativa del derecho internacional.

La diferencia es que hoy la Argentina enfrenta ese escenario con un gobierno que no solo no resiste esa lógica, sino que la celebra.

Tierra del Fuego no es solo una provincia. Es una bisagra geopolítica. Y en un mundo donde el imperialismo vuelve a hablar sin eufemismos, esa bisagra puede convertirse en objetivo si no hay un Estado dispuesto a defenderla.

Lo que olvidan es que en esta tierra soberanía no es un slogan. No es una palabra. Es algo que se siente. Es algo que se vive. Es algo que se defiende. No es algo que se explica. Solo aquellos compartieron un 2 de abril en Tierra del Fuego, pueden saber de qué estoy hablando.

La pregunta, entonces, no es si exageramos. La pregunta es si un país sin soberanía puede proteger un territorio estratégico, o si estamos solos.

Porque cuando el poder global se reorganiza, los mapas importan. Y cuando los gobiernos renuncian a defenderlos, otros los miran con atención. Especialmente desde el norte. Pero desde el Sur, resistiremos.

*Legislador por Tierra del Fuego Bloque Provincia Grande-

 

Fuente: página12









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